domingo, 3 de marzo de 2013

La conspiración del pensamiento

Me pregunto si sabemos ¿dónde debemos estar?
 Y si lo sabemos en nuestros  corazones ¿por qué no hacemos nada al respecto?
Beyond Borders
El sonido de un trueno me despertó. Hacía mucho frio. Las nubes solo conocían el color gris. Era de tarde. Estaba solo en mi departamento. De la conciencia de estar despierto surgió el miedo. Mis pupilas se dilataban mientras veía en todas direcciones. Mi corazón estaba acelerado; podía sentir que no quería estar dentro de mi pecho. Siguió el frio de mi sudor. Me sentía el único ser en la tierra y no quería enfrentar esa desgracia. Moví mi mano instintivamente. Ya no estaba ella. Tenía años que mi cama no sentía su calor. Mi respiración se aceleró. Un nudo en la garganta ahogaba mi vida. El sonido dejo de existir. Todo empezó a transcurrir muy lento. Minutos después tuve el primer pensamiento: la extraño.
Ese día se conmemoraba algo especial en la antología de mis recuerdos. Cerré los ojos y suspiré. Sin pensarlo salí de mi departamento. No me importó a dónde caminar. Llegué a una parada de autobús. Subí a uno sin saber a dónde me llevaría. El chofer preguntó ¿a dónde va? Volteé a ver la ruta escrita en el parabrisas para tener una respuesta. En ese momento mi mundo se detuvo. El destino del camión era el parque donde cientos de días paseaba junto a ella. Mi corazón dejó de latir. Parecía que iba rumbo a mi holocausto.

Llegué al parque y me dirigí a la cafetería que alguna vez fue nuestra guarida. Todos los vientos del mundo se concentraron en esa calle y entre el polvo vi a una mujer que iba de prisa al mismo lugar. Tenía más prisa que yo. Llegó primero. Usurpó la mesa que yo siempre reservaba. Tal posición le dio inmunidad frente a cualquier fenómeno climatológico. Sus rizos color miel, la delicadeza para sentarse y sus manos entrelazadas bajo el mentón la delató. Era ella. No lo podía creer. Años de no verla y hoy la encuentro. Caprichos de Dios. Los nervios estrangulaban mis emociones. Decidí no acercarme más y no entrar al pasado.


El viento calmó y llegó la lluvia. Ella empezó a mirar su reloj a cada momento. Constantemente acercaba sus manos a su carita para quitarse las lágrimas. Tenía un gran sufrimiento. Quería ir a ella, pero no hice nada. Parecía estar esperando a alguien.
Pasaron dos horas, ella secó su última lágrima, se levantó y se fue. La vi alejarse y me declaré imbécil vitalicio.
Tiempo después supe que, en un lugar que todo mundo leía, ese día ella escribió: Hoy tuve un recuerdo y creí que mi fe podía mover montañas. Fui una tonta.

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