"Yo no hablo de venganzas ni perdones, el olvido es la única venganza y el único perdón..."
J. L. Borges
Hay tantos tiempos añejos que embriagan mi presente con melancolías; como única víctima está el alma mía, ferviente de ansiedades y de sueños condenados en el infierno de mis aporías, con un amor agonizante sin horizonte y un infinito lejos de tu sol que conspiran día a día para no sentir la flama de otro amor.
Son tus recuerdos suplicios eternos para mis nuevas alegrías, en las tardes sin ocaso y en mis noches de revolución. Desde sombras acechantes a miradas penetrantes, de sonrisas envolventes a glorias carnales, de vientos impetuosos hasta claros de luna, sin perderse siempre han estado ahí. Extensión de tus manos que abrazan y arrullan cuando en soledad estoy pero cuando quiero irme no aceptan abdicación.
Tanto archivo muerto que mi corazón se ha empeñado en revisar y reescribir, a veces con dolor otras con emoción, pero con una simple intención: renombrar el vacío. Soy mártir de la tiranía de sus suspiros, vasallo de un señor llamado pasado y cobarde que indulta a los fantasmas de tu sexo inmortal.
He buscado en muchos pechos abolir mi voluntaria esclavitud, erradicar la plaga de tus miradas en cada parpadeo y perder para siempre tu piel en la guerra de cuerpos que las noches me traen. Pero todo intento se ha vuelto intrascendental. Mi voluntad de olvidarte, en mi ego no ha encarnado todavía. Aún cuando tus besos pasaron a ser un mito y tu sonrisa una lágrima a la nada, me aferré a un “tal vez algún día” valorizandolo en fidelidad a una promesa infinita.
Sin embargo, ahora comprendo que tus recuerdos nunca tendrán permanente exilio, que Dios es el único que los podrá sacrificar, solo me corresponde ignorar su presencia y ponerlos en libertad. Dejar que vuelen y abandonen la jaula de mi presente y que permuten a estólidos testigos de mi existencia. Como golondrinas dejar que hagan en mi memoria sus estaciones y se alimenten de mi experiencia pero ya no más de mi amor por ti, pues ya no hay nido que los reclame ni manantial sereno para que puedan vivir. Nuestra promesa quedará firme, pero con nuevas clausulas, nunca contempladas ni consensadas, pero sí necesarias para que su vigencia no sufra de caducidad.
Tu olvido desangró mi aliento pero no mi vida, ensombreció mis huellas pero no mis pasos, vulneró mis certezas pero nunca mi fé. Ahora dejar de amarte será un decreto cincelado bajorrelieve en mi memoria, que titulado emerja así: Mi casualidad de primavera no creí que nos llegara el invierno...

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