domingo, 17 de marzo de 2013

La muerte no nos quiere

Nadie se imagina que a espaldas  de la tranquilidad, la carroññera tragedia está vigilante, hambrienta de alguno de nuestros descuidos; ansiosa de mostrarse con las más  infames intenciones de provocar una serie de eventos, que no podamos controlar  fácilmente y estigmaticen  nuestra alma.
 Recordemos que el contrato temporal que establecemos con Dios, contiene  una cláusula con letras chiquitas, que suscribe nuestra permanencia en estado vital a su plena disposición o a las arbitrariedades que nuestro libre albedrío provoque.
Hoy domingo por la noche, mientras me dirigía a mi casa pensando qué escribir para mi blog, iba a ser testigo de una muerte a solo un metro  de distancia. La vida de un joven, de veinticinco años aproximadamente, se iba a detener por una distracción. Mientras esperaba cruzar la avenida, vi como este joven se dirigía a la misma zona donde yo me encontraba. Caminaba totalmente distraído y esto impidió percatarse que un autobús se acercaba a toda velocidad. En el momento en que observé que el joven dio un paso fuera de la banqueta, la velocidad de mi pulso salió del rango por esa imagen que se traslapaba con las luces que se acercaban sin remordimiento. Mis pies instintivamente fueron hacia él; mi mano sin pedirme permiso se arrojó como anzuelo a su sudadera y jaló con todas sus fuerzas. Milésimas de segundo después el autobús pasó frente a nosotros dejando una ráfaga de aire que nos quitó el poco aliento que nos quedaba.
El joven me miró con su rostro espantado por lo que no sucedió, y balbuceó un primer gracias. Se alejó unos metros y regresó. Se volvió a verme y me repitió gracias. Comenzó a caminar en círculos muy nervioso y sólo sabía decirme gracias. Lo repitió en varias ocasiones hasta que crucé la avenida.  No quise saber qué pasó con él. Me alejé. Se estabilizó mi pulso.
Con el asombro de lo sucedido comencé a desarrollar suposiciones. ¿Qué habría pasado si 10 segundos antes, no  hubiera cambiado mi decisión de cenar pizza en el centro comercial que se ubicaba en la misma acera, por la de caminar varias calles para comprar unos tacos de pollo. Sinceramente son las cosas que me dejan sin palabras.
Con esto, Dios hace valer la cláusula donde él dispone nuestra permanencia vital mediante un truco que le sale muy bien; nosotros le llamamos casualidad.

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