domingo, 17 de febrero de 2013

El rayo que cayó en el Vaticano: una visión geopolítica


Una sola decisión en un solo instante, puede cambiar irremediablemente el rumbo de la vida, puede girar todo al lado oscuro o inundarlo de luz, puede hacer de ti un héroe o un criminal, podría llevarte al cielo o al infierno pero siempre será un lugar desde el cual no podrás volver.




La abdicación de Benedicto XVI abre la posibilidad de un resurgimiento de la Iglesia católica, un cambio de estafeta no repentino sino planeado, no a partir de la tragedia de la muerte sino del raciocinio. Este resurgimiento a partir de la Nueva Evangelización que el Vaticano construye desde hace varios años en sus entrañas, implica generar un gran entusiasmo en la sociedad, mayor atención a las inquietudes que enfrenta el ser humano actualmente y un acercamiento más vivencial al corazón del hombre. Todo esto tiene una consigna principal, no nueva, pero si olvidada por muchos: la coherencia entre lo que se predica y lo que se hace, entre lo que cree el católico y la práctica en su vida diaria.

La Iglesia está rompiendo paradigmas. Es un hecho, y ahora se enfrenta a uno crucial como lo es el cambio de  estafeta: un europeo, un asiático, un africano o un americano. La decisión no recae en mi, ni en nadie que lea este texto aunque  siempre hay sorpresas, pero si haré una suposición muy probable: éste será brasileño.

¿Esto qué puede cambiar en el orden mundial? Yo diría que mucho. El nuevo papa llegaría de un país que está de moda. Si hacemos un balance rápido podemos decir que Brasil es la sexta economía mundial, es líder regional, es el país con más católicos del mundo, son los mejores en el deporte más popular del orbe, tienen un creciente poder militar, será sede de la Jornada Mundial de la Juventud, de la Copa Confederaciones,  del Mundial de Futbol y de los Juegos Olímpicos. En pocas palabras: es un líder político, económico, deportivo y social.

 Pero su liderazgo todavía no lo convierte en un verdadero referente mundial aunque tenga suficiente capital político para cubrir los requisitos necesarios. Para lograrlo requiere legitimarlo, y es aquí donde la sucesión  papal hace un papel decisivo para que éste gigante brille con luz propia. Brasil a través de un liderazgo moral, como lo es un papa, podría encabezar el resurgimiento de la Iglesia católica, capitalizar el entusiasmo que surgiría en la región más devota del mundo y convertirse en  líder  legítimo a la vista del mundo e inundarse de luz, pues su voz ya  tendrá un peso específico en el juego de mover  masas. Una simbiosis conveniente.

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